2014, año político: ¿En quién creer? ¿Por quién votar?

No obstante al tiempo que resta para la sumisión característica de los procesos electorales en Colombia, marcados por la exhibición descomunal de campañas publicitarias,  presiones e influencias; desde ya y sin advertirnos,  nos hallamos inmersos pasivamente en las elecciones parlamentarias y presidenciales que se avecinan; inobservando a estas alturas, los errores cometidos desde antaño, ante la ausencia de criterio y el corear como loros, sin digerir los contenidos ni hacer una lectura sensata respecto del acontecer y porvenir de la nación.

No intento distraerlos, ni descarriar las fuerzas que nos concentran por estos días en torno a la clasificación al mundial, la navidad y los carnavales; y mucho menos es mi deseo aguar las fiestas invocando a los políticos. Sin embargo, alarma que a solo meses de la jornada electoral, el próximo cuatrienio se vislumbre  reducido una vez más al poder, la burocracia y el ego de los mismos pocos; de espalda a un pueblo mayoritario que yace dormido en el recóndito inconsciente de lo que siempre ha querido ser.

Como corolario de lo anterior, es menester señalar que no pretendo inmiscuir a todos los políticos en una misma situación, meterlos a todos en un mismo saco sería desconocer que algunos aún no están contaminados. Sin embargo note usted que muchas veces la hipocresía se transforma en una simple incoherencia entre aquello que se defiende o se promete hacer, con aquello que realmente se ejecuta.

No sean tan desmemoriados, ¡Despierten! hagamos un esfuerzo por pensar y evaluar que nos han dejado los últimos gobiernos, pongamos en una balanza aquello que han ofrecido y  lo que han cumplido, además de lo que no han debido hacer. Sepan los escuálidos que el país está indignado  y que aunque a usted no le importe, hay millones de colombianos sometidos a la miseria producto de la indiferencia de un estado minoritario y decadente, presidido desde siempre por la catadura plutocrática de los pocos ricos del país.

Aunque no sea sabio ni haya leído el apocalipsis es predecible acertar en los discursos propios de estos días, tanto que me los he aprendido de memoria: “vamos por buen camino, pero podemos hacerlo mejor” “no se ha hecho nada durante los últimos gobiernos” “este gobierno ha reversado lo que habíamos avanzado”; así como otras frases alusivas a promesas, ideas o planteamientos que nos hacen pensar en un substancial mejoramiento de la calidad de vida.

No podrán faltar los ineludibles temas capta votos: salud, educación, empleo, seguridad y paz; solo por citar algunos contextos. Pregunto: ¿hemos alcanzado la paz? vista desde la equidad social y no como la ausencia de la guerra, ¿hemos mejorado en salud?, ¿hemos mejorado en educación?, ¿en empleo?, ¿en seguridad? Hágase esta pregunta en una línea del tiempo de por lo menos una veintena de años y notará que los resultados son mayoritariamente decadentes. No obstante siguen siendo éstas propuestas los caballos de batalla de los candidatos.

Pese al desprestigio institucional, cuyo arraigo ha sido mancillado por la corrupción, las maquinarias, la burocracia y la politiquería; contamos con una herramienta letal: “el voto de opinión”, que debe primar más allá de los colores políticos, las costumbres familiares, los favores y el comercio y trata de votos. A todos los colombianos nos asiste un deber moral con nuestro devenir, lo cual se resume en nuestro ejercicio libre y soberano a elegir; expatriando el desdén,  la indiferencia  y la resistencia al cambio; lo que nos condena al subdesarrollo y a la desigualdad social, económica, política y cultural.

El voto debe obedecer  más a una  tesis e identidad con propuestas representativa acorde a las posturas ideológicas que cada candidato tiene a su haber, que por nombres y colores políticos. Se debe indagar bien los antecedentes de los candidatos, por cuanto algunas veces a falta de elementos resulta más promisorio votar por el menos malo.

Dada las actuales condiciones por las que atraviesa el país, estamos obligados a  concebir que no se trata de un par de elecciones más, sino del futuro democrático de Colombia. En su defecto seremos solidariamente responsables tanto por acción como por omisión de un futuro infausto, previsible pero reversible, de pocos ricos y millones de ignorantes.

El país está exigiendo un cambio y no hay peor ciego que el que no quiere ver.