El futbol sin barras bravas.

Como si el país no viviera en constante guerra  y abundaran  los escenarios para liberar los lamentos que nos carga una sociedad cada vez más decadente; desadaptados como tantos, desenfrenados  por una contienda deportiva, duchan de sangre al deporte, como consecuencia de una subcultura propia de la antepenúltima generación, cuyo modelo es calcado por países como el nuestro, condenados al subdesarrollo.

En Colombia las mal llamadas “barras bravas” nacieron para la propia vergüenza nacional y encuentran su beneplácito al interior de los millonarios clubes de futbol, quienes los consideran como un conjunto activo,  protagonistas del espectáculo y grandes contribuyentes de la taquilla;  inobservando las consecuencias funestas  que acarrea la pasión en estas turbas enloquecidas y desorganizadas, caracterizadas por la preminencia de la virilidad agresiva y la xenofobia. Aunado a ello, la ausencia de un acompañamiento didáctico o educativo dirigido especialmente a nuestra niñez y juventud.

Es tal el terreno logrado por esta problemática que nuestros  barristas superaron a los Hooligan ingleses y trasladaron los incidentes propios  de los escenarios deportivos a las calles del país, pasando de ser alentadores fieles a tribus urbanas generadoras de violencia por doquier y jueces de aquellos declarados enemigos, dada la afinidad con clubes diferentes; condenados en el peor de los casos a la muerte, pena aún no tipificada en Colombia.

Pese a ello, de manera cáustica, carecemos de un marco legislativo capaz de desterrar de los escenarios deportivos y de las calles este tipo de manifestaciones. En Inglaterra, país de donde son nativos estos peligrosos grupos que se plagaron por el mundo, entendieron que las barras bravas atentan contra el espectáculo, debiéndolas erradicar de los escenarios deportivos, al cual hoy en día pueden asistir las familia sin temor, tal como se observa en las transmisiones del futbol inglés. Un ejemplo digno de replicar en Colombia, siempre que exista la plena voluntad de la dirigencia deportiva así como de otras fuerzas solidariamente responsables en la consumación de este flagelo.

Es inconcebible que exista un miedo marcado entre hinchas de algunas regiones del país para portar una camiseta alusiva al club de sus pasiones, so pena de ser agredido o asesinado;  o que los hinchas que acompañan a su equipo fuera de casa deban ser escoltados previo, durante y posterior a la justa.  Lo peor quizás, es que esto ocurre ante la mirada inmutable del Estado y la sociedad, pese a los constantes actos de barbarie que han dejado muertos, heridos, millonarios daños, dolor y sobretodo impunidad.

Entendemos lo habitual de los incidentes causados entre los aficionados, siempre que estos no atenten contra la integridad física o bien de alguien; pero de allí a concebir los desórdenes públicos ocasionados por la no aceptación de un resultado, generando inclusive destrucciones a las infraestructuras deportivas y al comercio; o peor aún, deber lamentar la muerte de otro ser, condenado por estos jueces, cuyo pecado fue portar algún trapo alusivo a otro club tal como ocurrió hace apenas días en la capital del país, esos actos, debemos repudiarlos.

La ley 1270 de 2009 creó la comisión nacional de seguridad, comodidad y convivencia del futbol  con el fin de implementar herramientas destinadas a controlar la violencia en los escenarios deportivos del país, no obstante los brotes de violencia generados por las barras bravas, como lo señalamos en párrafos precedentes han invadido otros importantes sectores de la sociedad. Lo primero que hay que entender quizás, es que reprimir la agresividad no es suprimir la violencia, por el contrario solo la administra.

Más allá del problema de seguridad, este fenómeno debe ser entendido como un problema social,  que debe ser abordado desde la familia y la catedra escolar, promoviendo valores como la tolerancia y la aceptación a las diferencias, coartando los fanatismos, el amor ciego y compulsivo hacia los equipos de futbol; enseñándolos que en la vida se gana y se pierde y que el deportes además de una disciplina, es un juego. Es importante señalar que los niños y jóvenes encuentran en estas barras un refugio a sus problemas familiares, toda vez que estos grupos carecen de reglas y el miembro no está expuesto a discriminación alguna, por el contrario se siente aceptado y comprendido.

Paralelamente este dilema requiere una intervención de enfoque coercitivo, prohibiendo el acceso de las barras a los escenarios deportivos. Aunque las barrras tengan algunos aspectos positivos y terminen pagando justos por pecadores, no podemos estar de espalda  a las actuaciones violentas que obedecen a un instinto espontaneo producido por el mismo fragor de la contienda deportiva, por inofensivas que parezcan.

No olvidemos que la disciplina y el respeto son indispensables para el tipo de sociedad que queremos construir, donde podamos pintarnos las caras de mil colores y ver hinchas de cuantos equipos quieran en un mismo escenario, deleitarse de la fiesta del fútbol.