Elecciones: Guerra o Paz.

Hoy, como desde la penúltima década, las elecciones presidenciales se hallan contrastadas  más allá de dos candidatos, por los significativos sectores a los que representan. Por un lado, la oligarquía bogotana: caracterizada por sus posturas diplomáticas frente al conflicto interno y relaciones internacionales; que está  convencida que el país avanza sólo sobre acuerdos juiciosos y legítimos de paz. De otra parte, la camarilla  paisa de origen vasco: de estirpe feudal y predica bárbara; determinada por una proclividad natural hacia la violencia y el fanatismo; y provista de posturas ortodoxas y retrogradas, como las que han condenado al país durante todo su historia.

Como corolario de estas nociones, el país subsiste polarizado estableciendo posturas  distintivas entre quienes defienden la guerra y la paz; dicho de otra forma: entre, con lo que nacimos y vivimos y lo que no hemos experimentado aún. Es de caracterizar que el país, desde antes de la emancipación del imperio español en el Siglo XIX y hasta nuestros tiempos, se ha perpetuado en continuas guerras; de allí quizás, esa seducción  congénita y retorcida del colombiano hacia la maldad y el todo vale. Resulta complejo entonces hablar de paz, máxime cuando no la conocemos, por lo que no podemos definirla ni interpretarla. No obstante, a juzgar por las historias de las naciones que si han experimentado la Paz, es un estado superior del ser humano donde se logra el equilibrio, la armonía  y estabilidad social de todos los sectores, además de la ausencia de la guerra, la violencia y otros menesteres.

Se distancia  la desmembración social entre el primitivo Homo Violentus y el urbano Homo Pacificus. El primero, distinguido por poseer una conducta humana vanidosa que representa amenaza e intimidación de forma deliberada, sirviéndose de la fuerza en lugar de la razón y exhibiendo doble personalidad, hoy suele decir una cosa y mañana otra e inculpar a los demás sin elementos de juicio y jamás retractarse. Contario a ello, el Homo Pacificus  se caracteriza por sus comportamientos pasivos y conciliadores, expresando su cordura aún en las situaciones más adversas, no intimida ni vulnera derechos y es partidario de la paz y enemigo de enfrentamiento y discordias. Los resultados del próximo 15 de junio, poseen una estrecha relación con la conducta humana que define a cada elector, será el único censo en la historia del país, que individualice, clasifique y cuantifique los verdaderos pacíficos y  violentos.

No hay marcha atrás, llegó el momento de ultimar  el tipo de sociedad que queremos construir para las generaciones presentes y futuras. Quiero recordar que las verdaderas victorias se logran en los procesos democráticos. Respeto a quienes promueven aún el abstencionismo y el voto en blanco, pero permítanme expresarles, están  condenados a que otros elijan el devenir del país donde usted y sus hijos vivirán, constituyéndose en instrumento útil de algún ideal.

Desde mi independencia política, sin pignorar mi conciencia, y sin nada que me comprometa con ningún candidato, apelaré a la sapiencia de nuestros ancestros: “en asuntos de males el menor es el mejor”. Por el país que soñamos para nuestros hijos, asegurémonos que la guerra no les toque, hagamos parte de la historia, digamos no al oscurantismo y si a la esperanza; cambiemos generaciones en guerra por generaciones en paz. Así mismo estoy convencido que somos nosotros, los más llamados a transformar una sociedad, donde la diferencia, la violencia y la guerra entre colombianos; son el factor determinante del retroceso social, político y cultural, que nos condena al subdesarrollo y a la barbarie.

Concluyo parafraseando a la ilustre diplomática estadounidense del siglo XX y activista de los derechos humanos, Anna Eleanor Roosevelt: “No puedo creer que la guerra sea la mejor solución. Nadie ganó la última guerra, y nadie ganará la próxima guerra.

¡La paz sea con vosotros!