Incontinencia Mental

A propósito del tan aludido vocablo “incontinencia”, que ha sido  tendencia esta semana en las redes sociales, tengo dos reflexiones de mi consideración, la primera: rechazo con desdén las manifestaciones festivas que se mofan del vergonzoso hecho que sufrió el Presidente durante un acto electoral en Barranquilla. A esos sarcásticos, Dios los guarde de un cáncer de próstata. Seguidamente, en analogía al rotulo del presente, con todo respeto, me permito aseverar que la incontinencia probada por estos días en Colombia, un país considerablemente inculto, es intelectual, por lo que terminamos confundiendo tiranía con democracia.

Excepcionalmente un político en campaña inobserva la voluntad popular de sus potenciales electores, prefiriendo distanciar a sus adeptos que cautivarlos. Para nadie es un secreto que Santos es la alternativa de contrapeso de los tres candidatos del uribísmo (Ramírez, Peñaloza y Zuluaga) por tanto, el progresismo, el antiuribísmo, la izquierda y muchos ciudadanos independiente del país (cifra no despreciable para cualquier candidato) que advertían sumarse a la reelección de Santos hoy se alejan.

Gracias a la incontinencia mental de sus asesores y a su ya acostumbrada pusilanimidad, fundada en pretender cumplirle a todos y a la vez a nadie; el Presidente acabó haciendo un mandado que no era de él y sin darse cuenta lo podrían estar bajando de su aspiración reeleccionista. El Presidente no midió su actuar y ahora está en la mira de los colombianos y de la comunidad internacional por haber desacatado un requerimiento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. No esperando siquiera que el Consejo de Estado ratificara por escrito su decisión de no aceptar las tutelas, se apresuró, inducido a un error abismal cuya infamia atribuida ahora a él, pudiera ser cobrada el próximo veinticinco  de mayo en las urnas.

Las instituciones del Estado deslegitimadas moralmente, cómplices de una sociedad  cada vez más decadente  y el gobierno mismo, envían un mensaje equivocado a la sociedad, el hecho que la Procuraduría absuelva a personajes condenados por la justicia por casos de nexos con grupos paramilitares, yidispolitica, desapariciones forzadas, falsos positivos y corrupción entre un sin fin, e inhabilite por quince años a un alcalde legítimo por un error administrativo, condenándolo a su muerte política, dice mucho de la objetividad y la democracia del Estado.  Algo así como robar al erario y mancharse de sangre paga; y ser impoluto es un crimen, tamaño mensaje que enviamos a nuestras generaciones en progreso.

Lo paradójico es que desde antaño los gobiernos en Colombia manosean y elogian a quienes se autoproclaman hombres racionales y justos, alineados con la social democracia o con la izquierda democrática, se aprovechan de éstos, los adoptan y los usufructúan; y en ultimas terminan trapeando el piso con ellos. Como corolario de lo anterior coligo, que cualquier proyecto político alternativo  en Colombia, está condenado a extinguirse bien sea por la represión, la coerción o el genocidio.

Llama poderosamente la atención las declaraciones del Vicepresidente Angelino Garzón, quien advierte que el Presidente se apresuró en ratificar la destitución de Petro, so pena  de enfrentarse al Procurador en una inminente investigación disciplinaria. Vale la pena reflexionar frente al tamaño poder del Procurador, pues qué va a pasar cuándo quién ostente este cargo sea uno no alineado y cometa los mismos atropellos contra quienes hoy fungen de defensores de la institucionalidad que se presume en derecho y justa  y no una persecución política.

La posición del Presidente, de cargar con un muerto que no le corresponde, genera significativas dudas frente al respeto a la voto, a la democracia misma y si las conversaciones en la Habana no se trata de un show mediático y es tan solo una vez más un caballo de batalla electoral.

Lo que sí “está claro”  Vicky Dávila y análogos es que la justicia colombiana no infunde confianza ni para los colombianos ni para la comunidad internacional, que los mismos políticos y periodistas del país que antes defendieron las medidas cautelares proferidas por CIDH contra Chávez en el caso de Leopoldo López, hoy condenan, desconocen y despotrican de la misma; que finalmente no tenemos autoridad moral para dictar cátedra de democracia a otros países, que nuestra democracia queda en vilo tanto como la venezolana y que nuestras realidades no son tan disímiles. Que periodistas como Ud. y sus aliados, representan la felonía,  la ignominia, la arbitrariedad, la injusticia y la tiranía;  verdadera apología a la incontinencia mental.

De otra parte, entregarle una posición más al liberalismo, para que convierta en un fortín electoral el Palacio de Liévano es otra mala decisión que acrecienta la tan cuestionada mermelada reeleccionista.

Como dijera un personaje que yace marchito en el sagrado campo donde ha partido más de uno que piensa distinto: “La paz no es entre la guerrilla y el gobierno, sino entre la oligarquía y el pueblo colombiano”.