La sequía mental de Carlos Márquez

Resulta inadmisible que el director de la Unidad Nacional para la Gestión de Riesgo de Desastres conmine a los congéneres colombianos a desertar del cometido moral que nos asiste a quienes provistos de inmarcesible camaradería con la crisis social que arremete a la región de la Guajira, nos henchimos de ímpetu y  aprestamos a aunar esfuerzos. Ensaya en su acotación, persuadir al país de abstenerse de donar el preciado líquido a las regiones afectadas por las sequías, aduciendo un entorpecimiento a la eficiente labor que realiza el Estado a través de organizaciones como la que el antedicho destina.

Enojosa su deferencia, máxime ante la probada reproducción de aridez y  marchitamiento  en otras regiones del país, es de caracterizar más allá de la Guajira: el Chocó, Casanare, Putumayo, Buenaventura y Tumaco; donde la frágil planeación de administraciones precedentes e inoperante gestión de las vigentes, suponen  la omisión del Estado en la emergencia ya de carácter humanitario y como corolario, un probable riesgo de afectación a nuevas regiones.

Qué consigue inquietarnos de los problemas logísticos que el Sr. Márquez aduce, que pudieran derivarse  quizás de la estampida de donaciones desbocadas, cuando ya son miles  las especies animales perecidas y se exhiben en inminente riesgo vidas humanas. Contra la solidaridad no procede  recurso alguno, el pueblo colombiano ha declarado su ternura y capacidad de ayuda a quienes lo demandan; y no por el afán protagonista y mediático  de burócratas con corbatas que presiden desde la frescura de la Sabana en destiempo, cosecharán que millones de voluntades abdiquen  en sus insoslayables afectos a las voces de auxilio.

Hallase visto análogo despropósito en otras naciones cuando la asistencia humanitaria atañe; me rehúso a siquiera sospecharlo. Resulta  más elemental colegir que de haberse cumplido los planes de contingencias ejecutados en la Guajira, aún la gente no estuviera literalmente muriendo de sed. No dudo que la infortunada  reflexión del director de la UNGRD observe su compasivo espíritu humanitario, no obstante repela en una sociedad agraviada ante la perenne cólera que engendra un Estado impasible e indolente.

Inentendible que la inoperancia del hombre cercene lo que la naturaleza  confirió a nuestros aborígenes, tierras benditas de donde cada año miles de buques salen cargados de carbón y paradójicamente la gente agoniza de sed, teniendo a sus vísperas la fuente oceánica que baña a la hermosa Guajira, una comarca apuñalada por la primitiva desidia de nuestros gobernantes.

Aunado a lo anterior, es igualmente inhumano que en una región que  obtiene en regalías más de 850 mil millones de pesos en las dos últimas anualidades, tres de cada diez niños padezcan de desnutrición y en los últimos cinco años alrededor de 300  hayan fallecido por éste flagelo, ello sin platicar sobre el deficitario estado de las vías, puestos de salud, servicios públicos y viviendas entre otros.

Sr. Márquez, cuando el Estado no es consecuente con las demandas sociales y el gemido de nuestros parientes, no hay poder que contenga la solidaridad colombiana. Si bien somos acreditados  ignorantes para resistir tal ignominia, vale la pena  repasar si tal vez son las defraudaciones a los sistemas de salud, educación, agua potable y programas de reducción de mortalidad infantil, destinos supuestos de las regalías, las que entorpecen la labor ciudadana en pro del desarrollo del país.

Dispénseme si con mi epígrafe lesiono sus distinguidos méritos, roles que si bien congratulo, era menester advertir sobre la indignación de la sociedad colombiana ante tamaña indolencia estatal y por supuesto a su sensible y operativa pero inconveniente glosa. No intento imputarle su incumbencia en la malaventura que nos embarga, toda vez que se exime la misma en el discurrir de la tragedia. Siga adelante con su plausible labor, sin que para ello pretenda reprimir  la fraternidad que caracteriza al colombiano.

Ultimo parafraseando al ilustre escritor y humanista italiano Giovanni Boccaccio:  “Humana cosa es tener compasión de los afligidos; y esto, que en toda persona parece bien, debe máximamente exigirse a quienes hubieron menester consuelo y lo encontraron en los demás”.