Otras manifestaciones de violencia contra la mujer

Son incuantificables las luchas  que históricamente han librado las mujeres  por evolucionar frente a los paradigmas del dominio ejercido por el hombre en la relación de género, es de caracterizar principalmente los aportes de los movimientos feministas en Colombia desde el penúltimo siglo que orientaron la conquista de las políticas públicas modernas destinadas a la protección de la mujer, así como la transformación del orden social y con ella el empoderamiento del rol de la mujer en todos los niveles de la sociedad.

No obstante, resulta paradójico que  en pleno Siglo XXI sea notoria la preeminencia de la discriminación contra la mujer, a pesar del incluyente y generoso marco normativo enriquecido de estímulos, sanciones y sensibilización; sin embargo, limitado en el tratamiento y mitigación de las causas asociadas al flagelo.

Sin bien los casos reseñados  de violencia contra las mujeres en Colombia están asociados mayoritariamente a feminicidios, abusos sexuales y violencia intrafamiliar,  vale la pena reflexionar sobre terceras manifestaciones de ésta naturaleza, que nuestra legislación y estadísticas aún no atienden; y que constituyen a su vez la perpetua  subordinación de la mujer de cara a las generaciones subsiguientes, como desde las pretéritas.

Sin duda, una de las manifestaciones más comunes de violencia contra la mujer en Colombia es la falta de respuesta institucional del Estado, precedido por un sistema judicial impasible que no castiga con rigor y que permite la reiteración de actos de violencia por parte del mismo agresor, erigiendo una seria  coparticipación del Estado en la consumación de la conducta y por ende en la falta de garantías de los derechos fundamentales de la mujer.

La violencia sexual en los medios de comunicación es otra de las formas frecuentes e imperceptibles de transgredir la integridad física, mental y moral de la mujer; es de caracterizar el sensualismo que introduce de manera incontrolada  la televisión colombiana en sus corrompidos programas, novelas o comerciales,  instituyendo una fehaciente apología a la promiscuidad sexual, a la prostitución y a la degradación corporal y moral de la mujer; quebrantando los antes citados esfuerzos del cuerpo legislativo y el Estado para neutralizar fenómenos como el aborto y la violación sexual.

Así mismo la crónica exótica, roja y amarilla, ha invadido las páginas de la prensa escrita, con divinos grabados de desnudes femenil y  promoción de sexo a través de peculiares anuncios de líneas calientes. Algunas revistas se han especializado en la materia, lucrándose ante la mirada de una sociedad cómplice y machista, a partir de la exposición corporal de la mujer en su microscópica expresión.

La discriminación y violencia psicológica en los medios de comunicación, principalmente en los contenidos novelísticos, condenan a la mujer a la era de las cavernas. De  libretos y formatos anticuados, nuestras novelas influenciadas por las mexicanas de mitad del siglo pasado, esclavizan a la mujer en sus roles de criadas, amantes, sufridas y antagonistas, entre otros; cuyos monólogos de mujer sumisa y víctima de infidelidades, abusos y maltratos en general, no se aleja de nuestra  realidad social y cultural. Probablemente por personificar ello, el libreto que nos han infundido desde antaño los dramaturgos tanto en la ficción como en la vida real, a través de la enseñanza matriarcal que nos dictan desde la predica cristiana que el hombre es afín con la fuerza, el trabajo y el sostén del hogar; y la mujer equivalente a las labores del hogar y a la obediencia, parábolas que propician y condenan a los géneros  a grandes diferencias desde la niñez.

Entre las grandes preocupaciones laborales de la mujer y causa de muchas deserciones se presenta el acoso laboral que constituye sin duda otra modalidad de violencia muy propia de nuestro entorno, precedida por una tendencia marcada del abuso del poder masculino sobre las subalternas, caracterizado por una propensión de la relevancia del placer sobre lo ocupacional. Generalmente la victima termina cediendo ante las hostiles pretensiones del superior, por necesidad, estatus, sumisión y/o ignorancia. De manera símil  sucede con la violencia en las aulas escolares, cuya problemática se motiva con la promesa de gratificación sexual sustentada en el poder del docente sobre la aprendiz.

De modo que violencia contra la  mujer, no es sólo maltratarla física ni sexualmente, sino también atentar contra su dignidad, prestigio o integridad física o psicológica.

Cómplices somos todos: hombres y mujeres, por permitir históricamente ampliar esa brecha de diferencias que nos condenan al retroceso social y cultural; así mismo somos los más llamados a construir juntos una sociedad basada en la restauración de valores principalmente del respeto y la equidad de géneros, apartando las concepciones primitivas machistas y feministas, y enfrentando los cambios socioculturales acorde a las necesidades de la sociedad moderna.

“Un país que se ufana de ser el primero en el mundo en contar con un proceso de Paz con enfoque de género, pero que no conoce qué es enfoque de género, está condenado a la perpetua marginación de la mujer”