Periodismo electorero

El activismo de medios y periodistas en procesos electorales y en la gestión gubernamental ha derivado en la extinción del periodismo informativo e imparcial, y en el asentamiento del periodismo de opinión; un periodismo servil, de estómago, que no investiga, que obedece y adula.

El vínculo entre el periodismo, el ejercicio del poder político y los intereses económicos, privan mayoritariamente a la sociedad de obtener información objetiva, íntegra e imparcial. Los dueños de los micrófonos, cámara e imprentas en muchos casos, condicionan la información, obligando su construcción a partir de la opinión personal y sus intereses, o los de quienes los financian.

Los medios y periodistas no son de un todo culpables, el periodismo independiente en Colombia apenas y sobrevive. El sistema de subsistencia del periodismo está condicionado a la financiación de terceros, que en gran parte del territorio está supeditada a la pauta contratada por las autoridades públicas. Aunque pautar publicidad con las instituciones del Estado no es ilegal, nos coloca frente a un dilema de carácter ético, en el sentido sobre qué tan dispuesto está un medio a fiscalizar a un político o gobierno que lo financia.

Ha sido tal la colonización del periodismo por la clase política que, desde las campañas electorales es común ver medios de gran sintonía y popularidad tomando partido, por omisión o acción, para promocionar al candidato de su preferencia e interés y/o denigrar de su adversario. También los hemos visto, de esos que desacreditan y azotan a un candidato o gobernante doblegándolo hasta que paute, ejerciendo un tipo de periodismo presumiblemente extorsivo.

Las campañas han cooptado no sólo las cuñas radiales, espacios televisivos, avisos de prensa y banners en los sitios web, sino que además pactan asistencias a ruedas de prensa y eventos en general de campaña, denotando una prensa a merced de sus actuales y futuros financiadores.

Si bien el vínculo contractual con las campañas no obliga o limita al periodista en su capacidad de deliberación y opinión o en su ejercicio informativo, este suele muchas veces autocensurarse; es decir, imponerse a sí mismo un silencio en defensa de sus intereses o convicciones.

No obstante, muchos medios y periodistas se salvan de la sumisión y se destacan por su independencia e imparcialidad, optando por otros modelos de subsistencia alejados del servilismo característico de la prensa en Colombia, aunque a veces al precio de menor protagonismo.

Un periodista que se emplea en una campaña electoral y pignora su capacidad de análisis e información, es un periodista que sólo adulará al gobernante electo durante su periodo de gestión; eso sí, mientras éste lo financie.

El problema no es la pauta, ni los modos de financiación, al final al periodista en Colombia le toca sobrevivir, a veces, en la “ley de rebusque” como ocurre con muchos otros oficios. La reflexión debe centrarse en torno a la libertad de opinión más allá de la pauta, al no condicionamiento sobre la crítica y la objetividad en la generación de la información al margen de la financiación; es decir, que la pauta no trascienda más allá de la información publicitaria y menos, que contagie la opinión.

La prensa, como actor esencial en toda democracia, debe ejercerse sin activismos en los procesos electorales y en las gestiones gubernamentales; de lo contrario, está condenada a ser una empleada más del sistema, provista de opinadores asalariados más que informadores, de periodistas que no merecen llamarse periodistas.